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Las Copas

Prodigios del Cristal

Una larga y apasionante historia es la que guardan en su memoria las modernas copas de vino. La excelencia del cristal, su transparencia y la variedad de modelos se contraponen al colorido, los materiales pesados y las formas de antaño.

Pero su proceso de elaboración es el mismo que el de hace 2.000 años. A días de haber comenzado el siglo XXI, pocos se sorprenderían con saber que las copas influyen significativamente en la percepción sensorial del vino.

Un buen vino, tanto mejor en una buena copa.

Esta máxima, producto de la transformación del arte de beber en la ciencia de la degustación, lleva, no obstante, unos pocos lustros. Antes de que bodegueros, enólogos y catadores se esmeraran en difundir el uso de formas y tamaños específicos según el tipo de vino, las copas habían evolucionado más por el capricho artístico y la intuición de sus fabricantes que por mero rigor científico.

Ancestros de metal

Así como las civilizaciones más antiguas se vieron obligadas a inventar recipientes para cargar, almacenar y transportar líquidos, la copa siguió la misma senda de desarrollo, siendo los cacharros de piedra tallada sus directos antecesores.

Las primeras referencias históricas corresponden a Siria y Egipto, unos 3.000 años antes del nacimiento de Cristo. Tazones de cerámica y recipientes de metal, principalmente elaborados en cobre y bronce, eran los elementos más empleados, aunque existen evidencias anteriores de que el vino fue aspirado a través de una caña desde una fuente o probablemente, desde una calabaza ahuecada.

Sin embargo, no se puede hablar de la existencia de un elemento con rasgos de copa hasta principios del siglo X a.C. En aquella época los ecos del éxito del vino resonaban con fuerza en los pueblos del Cercano y Medio Oriente, principales impulsores del cultivo de la vid. La utilización del metal estaba directamente relacionada con el descubrimiento de la fundición durante el 5° milenio a.C.

Para los pueblos de la Edad Media de Bronce, la posibilidad de derretir y reutilizar metales constituía una verdadera fascinación. Así habían trabajado con trastos, platos y demás utensilios de cocina. Los primitivos vasos de metal destinados al consumo de cerveza, bebida conocida por los egipcios desde siglos antes de la aparición del vino, fueron seguramente los primeros recipientes donde se bebió vino.

La evolución hacia las copas se fue evidenciando lentamente gracias al perfeccionamiento de las formas y al agregado de pies anillados y asas horizontales. Los más claros ejemplos aparecen en el siglo VII a.C. con las copas jonias. Estos recipientes, de boca ancha y elaborados en cerámica, se parecían mucho a una taza de té.

En Roma, en tanto, los artistas metalúrgicos exploraban el mundo del oro y la plata, llegando a elaborar cálices de notable armonía.

Las copas de vidrio surgieron posteriormente como resultado de las experiencias adquiridas con el procesamiento de metales y cerámicos, ya que para esos menesteres se requerían, al igual que con el vidrio, la construcción de hornos capaces de alcanzar altas temperaturas y la experimentación con fórmulas minerales.

La era del vidrio

Las muestras más antiguas de vasos huecos de vidrio provienen de Egipto y llevan el nombre del faraón Tutmosis III. Pero el proceso de elaboración era muy torpe y, para dar forma a esos recipientes, se utilizaban moldes de arena que exigían un complicado trabajo artesanal. El vidrio -y con él, las copas de este material- quedaba relegado al mundo de las artes suntuarias.

El gran cambio sobrevino con el descubrimiento de la caña de vidriero, que permite soplar el vidrio en su estado líquido. Esta herramienta esencial no ha cambiado desde su creación y ha dado al arte del vidrio un estilo propio. Su descubrimiento ha sido atribuido a los fenicios, y ha permitido fabricar objetos en forma fácil, rápida y a un bajo costo. Se necesitó una gran imaginación y creatividad para pensar que una masa deforme y caliente se podía soplar para crear objetos ahuecados tan perfectos.

El método del soplado de vidrio se extendió desde Siria a Italia y a otras zonas del Imperio Romano, reemplazando poco a poco a las antiguas técnicas. Mientras los primeros procesos de manufactura habían hecho hincapié en el color y el diseño, con la introducción del soplado fue la fragilidad y transparencia del material lo que adquirió importancia, y hacia finales del siglo I después de Cristo el vidrio incoloro suplantó al vidrio coloreado. Copas, vasos y otros recipientes ganaron su transparencia.

En el siglo IV, la decadencia del Imperio Romano conllevó, en cierta manera, al arte del vidrio. Los maestros vidrieros subsistieron en los bosques y en algunas ciudades que, como Venecia, renacerían más tarde como las grandes mecas del cristal.

El encanto del cristal

Durante la segunda mitad del siglo XV y en el siglo XVI la cultura europea experimentó una gran renovación. Este Renacimiento, que tomó en cuenta la herencia cultural de la Antigüedad, tuvo su epicentro en Italia antes de expandirse por toda Europa. Los venecianos no quisieron estar ajenos a este movimiento y se preocuparon por desarrollar su creciente industria de mercancías de lujo destinadas a la exportación, sobre todo, la vidriería. Con la excusa de evadir posibles incendios, en 1292 los grandes talleres de producción de vidrio habían sido trasladados a la isla vecina de Murano. En realidad esta mudanza buscaba impedir la difusión de los secretos del vidrio. Allí, en un ámbito de total tranquilidad, los maestros vidrieros desarrollaron todo su potencial y convirtieron a Murano en la cuna del renacimiento de este preciado elemento.

Pero había más.

Gracias a la excelente materia prima de la zona -los artesanos utilizaban las arenas del Po y del Ticino, y extraían la sosa de las cenizas de las plantas marinas- y con algunos secretos para mejorar la transparencia, los vidrieros de Murano lograron fabricar un "cristallo" limpio y fulgente.

Nacía entonces la era del cristal, determinante para la creación de copas de creciente calidad. El cristal no es más ni menos que vidrio de excelente calidad, más frágil, pero también más transparente, dúctil y elegante. Los objetos de cristal que se lograban en esta aldea italiana eran exquisitos e innovadores para la época. Surgieron vasos con pies, adornados con relieves soplados en moldes metálicos que representan cabezas de leones o guirnaldas.

Los adornos y las formas se tornaron cada vez más complejas, con pies acanalados, la parte interior de la copa decorada con acanaladuras, encajes a través de varillas trenzadas. Las transparencias, además, comenzaron a mezclarse con colores impactantes, como el violeta manganeso y el azul cobalto. Todo apuntaba a la fantasía en el diseño, al encanto.

En ese marco, la mayoría de los vasos y las copas tenían como destinatarios la aristocracia rica, cuya principal bebida era el vino. Pero pronto los secretos de Murano trascendieron las fronteras y nuevos mercados entraron en competencia con los venecianos.

Tal fue el caso de Bohemia y, más tarde, de Inglaterra y Cataluña. Hacia el siglo XVIII los ingleses llegaron a crear las más bellas jarras o decanters y las famosas copas reina Ana.

Las copas modernas

Hasta mediados del siglo XX las copas de vino se diseñaban bajo dos preceptos: el artístico o el utilitarista. Pocos se atrevían a pensar que formas, materiales y tamaños podían mejorar o empeorar las cualidades de un vino. El auge de la industria vitivinícola y el avance de la ciencia se sumaron, sin embargo, a la irrupción en la historia de algunos personajes que, como Claus -y luego George- Riedel, lograron torcer el rumbo de la fabricación de copas.

En 1961 el austriaco Claus Josef Riedel, novena generación de una familia dedicada al diseño y la elaboración de copas desde 1756, lazó al mercado una línea de productos completamente novedosos. Estas copas tenían diferentes formas y tamaños para adecuarse a distintos estilos de vino. Al comprobar que controlando el fluido del vino en la boca se lograba una mejor apreciación de éste, numerosos fabricantes comenzaron a perfeccionar sus diseños. Fue el paso del arte de beber a la ciencia de degustar.

Tradicionalmente, el cuerpo (o cáliz) de las copas de degustación era de una misma forma; apenas variaba el tamaño de acuerdo al uso. Con el correr de los años, investigadores, fabricantes, bodegueros y científicos se abocaron al estudio de las diferentes variedades de uva y sus aromas, niveles de acidez, graduaciones alcohólicas, frutalidad y taninos, entre otros aspectos, para evaluar sus comportamientos en distintos modelos de copas.

Las conclusiones indicaron que la incidencia de formas, materiales y tamaños era muy significativa en la expresividad de cada vino en particular. Las buenas copas de hoy son verdaderos prodigios de cristal, complejos escenarios donde el vino se exhibe, se manifiesta y deja al desnudo su esencia. Estas copas parecen comprender a nuestros sentidos, adaptarse a ellos; saben conducir un vino con elevado nivel de acidez a la punta de la lengua, son inteligentes para emanar los aromas primarios o hacernos gozar del bouquet, conocen el juego de las burbujas de un espumante, entienden que un vino blanco necesitará menos volumen que un tinto.

Esta nobleza es la consecuencia de 2000 años de soplado, una técnica que hasta el día de hoy se mantiene intacta.

El arte de soplar

La elaboración de una copa por la técnica del soplado encierra un proceso que aún hoy, en nada se diferencia del empleado por los primeros maestros vidrieros. Arte y ciencia se dan la mano en aquellas cristalerías cuyos hornos ardientes son constantes generadores de piezas únicas, irrepetibles y a la vez, tan exactas y similares. No se necesita más que algunas herramientas muy simples y la habilidad del artesano, obtenida por la experiencia en el oficio.

Aunque hoy en día la mayoría de objetos de vidrio se fabrican con moldes, las copas sopladas poseen un brillo, una transparencia y una fineza inigualables.

Etapas

Fundición del vidrio o cristal

Para ello se coloca una mezcla de arena, sílice y otros minerales en un gran horno a 1.500° C. Toma de vidrio. Se introduce una caña hueca (caña de vidriero) en el crisol y se extrae vidrio en su punto de fusión.

Soplado

Un operario sopla a través de la caña generando una burbuja que va a conformar el cuerpo o cáliz de la copa. Esta tarea requiere una gran precisión.

Tallo y pie

Se repite la operación de toma de vidrio y soplado para armar el tallo y el pie de la copa. Este último se conforma con un disco giratorio.

Armado

En forma manual, las tres partes se unen formando la copa (cerrada, sin boca) que aún mantiene temperaturas muy extremas.

Templado

La copa al rojo es colocada en un horno que pasa gradualmente a una temperatura menor hasta que ésta se enfría y solidifica. Este proceso lleva unas 2 horas.

Apertura de la copa

Se corta la parte superior de la copa, de modo de crearle la boca o borde superior.

Últimos pasos

La boca se requema para que pierda su capacidad cortante y se vuelve a templar. A algunas copas se les aplica un proceso de esmerilado (lija al agua).

Fuente: Revista Master Wine N° 15.

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