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Vino... para quedarse.
 
Cada vez más, saber de vinos es materia obligada para todo hombre de bien. De bien beber, especialmente. Pero cuidado, que tampoco llame a error esto de “la sabiduría etílica”.

Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. A no confundir libertad con libertinaje, gordura con hinchazón y patético borrachín con exquisito sibarita. Que no es igual. Y si lo fuera, que no se note.

Sucumbir a los encantos del zumo de uva es, además de moderno, de saldo positivo en la relación costo/beneficio: con poco esfuerzo incorporamos nociones mínimas y el charme que obtenemos a cambio es mucho.

Como para empezar bien top, como mínimo, habría que participar en una cata o degustación. Para eso se recomienda visitar algún wine-bar o algún sitio web (ver enlaces), dejar los datos personales y esperar luego por la sabrosa convocatoria.

También puede uno costearse el evento y, aunque esta opción implica cierto desembolso, la experiencia bien lo vale.

¡CÁ TÁ! Estamos en el lugar en tiempo y forma oportunos. Nuestros pares, gente bien dispuesta, se muestran animados para dar rienda suelta al saboreo. Todos reciben su respectiva copita con el brebaje y empieza el rito.

Si no se sabe, se aprende mirando: inclinación de copa, movimientos circulares para agitar -sin marear- el vino y aproximación de nariz. Oler, hay que oler mucho. Y también hay que escuchar, aunque aquí ya no tanto al vino sino más bien a quien nos cuenta qué es lo que estamos tomando (será un sommelier o un enólogo, eso varía).

Los relatos olfativos pueden resultar casi fantásticos, incluso, hasta de ciencia ficción. No importa, a no perder la calma. Antes bien, hay que seguir el juego y tratar de distinguir esos detalles aparentemente insólitos: que esto huele a sudor de animal o a establo, que aquello me hace acordar al pimiento rojo, que aquí hay notas florales y que esto más bien me sabe a mandarina. Impresionante la cantidad de los olores (notas, se llaman notas, no seamos vulgares) que puede haber en un mismo líquido.

Después de respirar hondo varias veces, pasamos de la nariz a la boca: es el momento de beber. No mucho, tienen que ser sorbos medidos. Y también debe medirse la frecuencia entre sorbo y sorbo. Una exagerada velocidad en la repetición echaría todo a perder; revelaría enseguida nuestra total inexperiencia y, lo más terrible de todo, seríamos vistos como sujetos de hábitos incontrolables.

BEBER CON CLASE

La sed de conocimiento existe y hay que dejar que se exprese. Por ello, para continuar con el entrenamiento, es preferible algo más académico. Se trata también de tomar, pero ahora, además de vinos, tomar cursos y clases de degustación. Aunque más no sea para buscar más sorpresas. El olor a pimiento rojo ya parecerá un detalle menor porque verán ustedes, criaturas, que las revelaciones serán cada vez más y mayores.

En clase se aprenderá, por ejemplo, que gusto y sabor no son sinónimos; que existe algo llamado tanino que se lleva (vaya a saber adónde) la humedad que hay en nuestra boca; que el tiempo hace cambiar el color de los blancos y también de los tintos (mucho y en forma inversa, al punto que podrían, hipotéticamente, coincidir en el mismo tono de rojo; aunque el tinto si es bueno estará rico y el blanco, oxidado); que el vino hace patinar no a la lengua sino a la grasa (y que ayuda a quitarla del organismo); que existe un Viejo Mundo y un Nuevo Mundo en esta industria (nosotros estamos del lado de los novatos) y que esto implica hasta diferencias de orden filosófico; y también que hay grandes batallas desatadas, del tipo: denominación de origen versus cepaje, genérico versus varietal y Estados Unidos versus Francia.

COPATE

Además aprender a beber bebiendo, en estos cursos, por la diversidad de su concurrencia, se la suele pasar muy bien. Invariablemente, habrá entre los alumnos uno de cada cepa: el reito, la chica cool, la señora entrada en años, el ejecutivo de impecable sport y el músico bohemio. Todos conviviendo en perfecta armonía y encantados con la materia. Es más, hasta es un lugar ideal para quien busque nuevas amistades y/o nuevos amores. Hay para todos los gustos y, más allá de las particularidades, están todos bien a tono con la cultura etílica del momento. A tono, hemos dicho; que no es lo mismo que entonado.

PARA QUE CEPAS

Si hacemos un recorrido mínimo por algunas cepas, deberíamos necesariamente empezar por el Malbec (el “cepaje insignia argentino”). Es una uva con muchas notas frutales y de ella se obtiene, en general, un vino muy amable. Amable significa que no hay asperezas, que no hay aristas, como que todo cierra bien. Es fácil de tomar y va muy bien con las carnes rojas y con las comidas ligeras (por “ligeras” no debe entenderse “fast food”).

Del Cabernet se dirá que es un vino ya con mayor estructura, con más carácter, con más tanino (esto lo vuelve más áspero; el tanino es lo que produce sensación de sequedad ya que, de hecho, absorbe la humedad). El tanino se encuentra en la parte interna de la piel de la uva y, ya sea por el espesor que tiene en la propia uva o por estar más tiempo en contacto con el jugo, se lo trasmite a la bebida.

El Syrah es más suave y es el que tiene las notas más "animales". En él se encuentran notas hasta de “sudor, establo o carne”.

El Merlot, finalmente, es más acompotado y más “armado”. Aquí no es raro encontrar la nota a cuero y, al tener la uva piel más gruesa, tiene mayor tanino que el anterior.

Fuente: Diario Clarín. (17/09/2004)

 

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