Evolución Jurídica en el país

Del Dr. Edgardo Díaz Araujo en "La vitivinicultura argentina: su evolución histórica y régimen jurídico desde la introducción hasta la llegada a Cuyo, Antecedentes Iniciales" .

I. La vid en América: Jaime Molins afirma, en su detallado artículo, que en América existían, antes de la llegada de los españoles, vides silvestres. Al respecto cita testimonios de navegantes que recorrieron las costas del Atlántico Norte, como el florentino Verazzani en 1.524 o el francés Jacobo Cartier en 1.534, quienes encontraron en la actual Terranova y en el territorio estadounidense, uvas silvestres. Con igual fin recoge el informe del misionero francés Maret, quien en 1.716, hacía referencia a las uvas de parras sin cultivo, que eran utilizadas en el actual Canadá para oficiar misa. La existencia anterior de la vid en la América precolombina, estaría corroborada por el testimonio de otros misioneros católicos, que recorrieron la costa del Pacífico y que usaron necesariamente el fruto de estas vides para la consagración eucarística, y conjuntamente por las descripciones de los cronistas Oviedo y Antonio de Herrera. Pero luego, el autor citado concluye diciendo que “...así como está fuera de toda duda que la vid silvestre existía en América, es cierto también, que los pobladores foráneos, en pocas ocasiones hicieron uso de ella, en el sentido de aprovecharla, utilizando para sus injertos, la virtud de su aclimatación y su inmunidad a las enfermedades criptogámicas.”

Aparece, pues, la introducción por parte de los españoles como el punto inicial efectivo de la vitivinicultura americana. En cuanto a la época de tal acontecimiento, no hay acuerdo unánime. Según el documentado trabajo del historiador sanjuanino Emilio Maurín Navarro, a quien seguiremos en otras oportunidades, la “vitis vinífera” llegó a América por primera vez cuando fue traída, personalmente, a las Antillas por Colón, en su segundo viaje. Ello constaría en el “Memorial del Almirante a los Reyes” que elevara por medio de D. Antonio de Torres. Agregando dicho autor que “...En repetidas oportunidades se llevaron variedades de sarmientos a las Antillas (como consta en documentos de la época de Ovando), pero ni la vid ni el trigo fructificaron bien en aquellas regiones del Nuevo Mundo, como –resumiendo la documentación- sostiene D. Manuel de la Puente y Olea”.

Por otro lado, Storni ha recogido la trayectoria de la introducción en el Perú. Sobre la base de las obras del Inca Garcilazo de la Vega: “Comentarios Reales que tratan de los orígenes de los incas, etc.”. Y de las de Carlos Morla Vicuña, del Padre Cobo y de Claudio Gay, concluye que: “1º hubo introducción de sarmientos de vidueños canarios en el Perú; 2º se sembraron semillas de vid en el Cuzco, utilizando las pasas de España; 3º puesto que el Capitán Bartolomé de Terrazas plantó viñas en Cuntusuyu, cabe suponer que fue él mismo el que introdujo la vid en Chile, cuando entró en la conquista con Almagro, o fue quizás el que estimuló su introducción”. De todo ello deduce Storni que “aceptando que la vid se introdujo con los sarmientos o barbados traídos desde Canarias, está demostrado también que en el Perú y según se infiere de “Los Comentarios, etc.”, en la ciudad de Cuzco, nacieron algunos cepajes y de sus pámpanos, creo que nos llegaron sarmientos que se plantaron posteriormente en distintos sitios del país. Por eso, porque son nacidos de semillas, nuestros viñedos tienen caracteres propios, aunque en ellos estén presentes otros que los vinculan a las vides de España, por influencia de las leyes de la herencia”.

II. Su difusión: Desde los primeros momentos, existió un definido interés en desarrollar su cultivo. Ello era consecuencia de la política general de expansión vitivinícola instrumentada por los Reyes Católicos, a partir de la Reconquista. En tal sentido, en la obra de Oliveros de Castro y Jordana de Pozas, se ha estudiado la trascendencia de este cultivo en el proceso de recuperación del territorio de manos de los moros, y se llega a afirmar que “Toda la reconquista... está presidida por las normas de la plantación de viñedos”. Coincidiendo con ello dice Furlong, que, “aunque la industria vinícola era una de las más importantes de la madre patria, en 1519, se indicó a la Casa de Contratación que cada barco que zarpara para las islas enviara cierta cantidad de viñas para ser plantadas allí. Y en 1531 se hizo un esfuerzo especial para enviar semillas y vástagos de viñas y olivos a Nueva España. Los experimentos no tuvieron éxito, pero en el Perú –con el advenimiento de la paz y el orden luego de las largas guerras civiles-, la uva comenzó a cultivarse intensivamente y por muchos años sin intervención oficial. La primera cosecha según se dice fue levantada en 1551”.

En cuanto a la difusión de los viñedos por el territorio americano: “... la vid de importación se implantó en todos los lugares de la América hispana, con éxito homogéneo o resultados negativos. Donde la vid prosperó en forma ordenada y floreciente, la producción fue intensificándose, a través del tiempo, dando margen a una industria, acrecentada, paulatinamente en forma definitiva”. Según la descripción que seguimos, existían vides en Arequipa y Moquegua, Ecuador, La Paz, Cochabamba, en las provincias de Cinti y Camargo y en el actual territorio norteamericano, “todos lugares donde con distintos éxitos se realizaban plantaciones de vid, utilizando sus frutos ya sea para la mesa o para fabricar vinos o distintos tipos de aguardientes y licores de rasgos lugareños”. De acuerdo con lo estudiado por Maurín Navarro, sobre la base de las constancias encontradas en el Archivo de Indias, y en la obra del Padre Acosta, y también por Storni, fue en el Perú donde floreció, con destacada importancia para la época, el cultivo de las viñas. De allí fue extendiéndose hacia el Norte, hasta llegar a Quito, y por el Sur ingresó, en fecha no precisa, en el territorio chileno. En este último, según “... las cartas de Valdivia, vemos que en 1551, es decir, diez años después de su llegada, se comían uvas en Santiago y en la Serena y que en 1555, las había en suficiente cantidad para fabricar un poco de vino... En el Sur se extendieron también con prontitud puesto que los hombres del cacique Antenecul destruyeron todas las de los alrededores de Concepción y en 1576, las de Angol”.

Por disposición del Cabildo de Chile del 9 de mayo de 1555, “... se mandó comprar las uvas de personas particulares para hacer dos botijas que servirán para la celebración de las misas”, y poco tiempo después de estos ensayos, “... el vino chileno se imponía como el primer artículo de exportación, expediente mercantil que se mantuvo durante todo el siglo XVI”.

III. Su introducción en la Argentina: De acuerdo a la documentación aportada por la publicación dirigida por don Roberto Levillier, “Gobernación del Tucumán, Correspondencia de los Cabildos en el siglo XVI –Documentos del Archivo de Indias”, Storni señala que: “... hacia fines de 1556, los habitantes de la ciudad de Santiago del Estero hallábanse sin sacerdote y algunos vecinos, resolvieron trasladarse a Chile en procura de uno, sin que fuera óbice de su intento, la distancia, los ásperos y desconocidos caminos, la insidia de los indios y los peligros de las altas y nevadas cumbres de los Andes. Y para ello se determinaron a ir a buscarlo cinco conquistadores, que fueron Bartolomé de Mansilla, Nicolás Guernica, Hernán Mexía Miraval, Pedro de Cáceres y Rodrigo de Quiroga... siguieron, sin duda, desde Santiago, rumbo hacia el S.O. y llegaron a la Serena, cuando entraban en ese puerto a principios de 1557, los navíos de Don García Hurtado de Mendoza, elegido Gobernador de Chile por su padre el Marqués de Cañete, Virrey del Perú. Y después cuando volvieron de Chile, trajeron a un sacerdote clérigo que era el padre Juan Cederrón..., y entonces también trajeron las semillas de algodón y plantas de viñas y de otras arboledas... Introdujeron también trigo, maíz y cebada para semilla”.

Por su lado Maurín Navarro dice que: “el clérigo Cidrón (así lo escribe al apellido), no solamente se limitó a trasladarlas, debidamente acondicionadas y preparadas, lo que no era empresa fácil por el tiempo y las distancias, sino que las plantó, cuidó y cultivó con esmero y profundo conocimiento del cultivo. Al fundarse las ciudades de Mendoza, y San Juan ya habían progresado los cultivos de la vid en Santiago del Estero y había plantas que estaban en plena producción”.

IV. La llegada a Cuyo. Pedro del Castillo, en el momento de la fundación de Mendoza, dio seis cuadras para huerta y viña –como dice Fraboschi-, como “anticipo de lo que será actividad fundamental del lugar”. En cuanto a la introducción efectiva de la vid en Mendoza, no se ha podido comprobar la fecha con certeza, pero Draghi Lucero considera que es posible que la trajeran los primeros pobladores, ya que ello coincidiría con lo dispuesto por el fundador al otorgar las parcelas. Tal opinión es compartida por Comadrán Ruiz, quien amplía el punto diciendo que se atreve a afirmar que fue así realmente ya que en el plano de distribución de tierras para labranzas que levantara Pedro del Castillo el 9 de octubre de 1561 “hay un caso –sólo uno- en que esas tierras se otorgan para “chacra y viña”. El beneficiario del trozo de tierra así caracterizado, figura con el nombre de Pedro "Guelenguele" y él sería a nuestro criterio, el introductor de la vid en Cuyo”. “Conviene aclarar que el tan raro apelativo de “guelenguele” debe ser apodo, ya que como tal no figura en el acta de fundación ni en otro documento. El uso de apodo era corriente y se encuentran numerosos en los documentos de la época”. De San Juan se debe destacar las condiciones de agricultor y empresario de Don Juan Jufré, quien la fundó acompañado de hombres como Mallea, Ahumada, Contreras, Marques, que habían tenido encomiendas y cultivado con tesón las vides antes de llegar a Cuyo. Rosa Zuloaga, tomando las citas de Videla se inclina a pensar que en San Juan se desarrollaron las viñas con mayor precocidad que en Mendoza. Sin entrar en localistas disputas, lo cierto es que ambas ciudades nacieron a la luz bajo el signo de la vitivinicultura, teniendo pues esta noble industria la misma antigüedad que su conquista por España.

Vencidas las dificultades iniciales, propias de lo inhóspito de la región y de su aislamiento por la cordillera de Chile, las nacientes ciudades se fueron afianzando, por medio del cultivo de su poco irrigada pero generosa tierra. Dice Maurín Navarro: “sería ilógico afirmar, cuál fue el primer viñatero que produjo vino entre los primitivos colonos de Cuyo, pues la elaboración de la época, primitiva y rudimentaria en pequeñas cantidades y en forma doméstica, era un procedimiento generalizado, obligado por la necesidad, el aislamiento y la dificultad de proveerse de otros lugares distantes”. En 1595, ya aparecen escrituras de ventas de propiedades con viñas. Según lo ha estudiado Ramón Francisco Morey, “...Ante el escribano Don Diego de Céspedes, el Capitán Don Alonso Reinoso permuta con el Capitán Don Gregorio Morales de Albornoz una chacra y un pedazo de viña, regados por la acequia de Guaymallén, por dos cuadras de solares ubicados en la ciudad. A su vez, según constancia de la escritura de permuta, los solares lindaban con una viña del convento de Santo Domingo”.

Por otro lado, en las actas capitulares de Mendoza, se encuentran a partir de 1599, distintas referencias a la existencia de las viñas y a los valores de los vinos. Comenta Draghi Lucero, que tanto se ha ocupado del tema, que “...en adelante el vino figurará de continuo en actas. Progresivamente irá constituyendo el mayor aporte a la economía mendocina”. Lo mismo acontecía en San Juan, según lo describe Maurín Navarro, trayendo documentación de donde resultan los nombres de los primitivos viticultores.

V. Su cultivo en otras zonas. En el resto del actual territorio argentino también se había ido intentando el cultivo, y así Salta y Córdoba, vieron desarrollarse los viñedos. Sobre esta última, en la obra del Dr. Pablo Cabrera se detallan tales actividades. Existen también claros antecedentes sobre la importancia que tuvo inicialmente la vitivinicultura en el Paraguay. De acuerdo con la versión de Abad de Santillán, la misma “procedió del Brasil y tuvo su cultivo en Asunción, lo mismo que la caña de azúcar y el algodón; hacia 1573 se elaboraban en Asunción 6.000 arrobes de vinos por año”. Del relato de Azara surge que “en 1602 había cerca de Asunción alrededor de dos millones de vides y hasta llevaban a vender el vino a Buenos Aires”. Ello es coincidente con lo estudiado por Efraín Cardozo, el que manifiesta que en “1627 había en los alrededores de Asunción 127 viñedos con 1.778.000 cepas. El vino paraguayo tenía en Buenos Aires mejor precio que el de Chile y Córdoba y llegó a exportarse a España”.

Conclusión. De lo visto, podemos terminar diciendo que las vides entraron a nuestro país por distintas vías, ya que también sería probable la introducción inicial por la Puna de Atacama. Se difundieron por los diversos asentamientos de los colonizadores, con mayor o menor éxito, de acuerdo a las condiciones climáticas y del suelo. Pero su aprovechamiento fue inmediato debido “... a las dificultades de obtener vino de su consumo diario... y favorecido al mismo tiempo por la actitud del clero que no pudiendo prescindir de él, en la celebración de la Santa Misa, implanta en las cercanías de sus conventos y abadías, los viñedos indispensables a sus necesidades, que luego se extenderían por doquier”.