El Vino en la Antigüedad

El simbolismo de la Vid en el antiguo Israel y el Judaísmo, Prof. Adriana de la Mota

Según lo expresara el profesor Michel Meslin, la abundancia de los textos del antiguo testamento donde la vid aparece, atestigua la importancia de los valores simbólicos vinculados al "kerem" (así se designa a la vid cultivada, el viñedo, mientras que la especie vegetal es corrientemente nombrada "géfen"), que como otros símbolos bíblicos, está basada sobre una realidad concreta, siempre ligada a una experiencia histórica precisa y original. La Sagrada Escritura posee una unidad y se debe leer e interpretar con el mismo Espíritu con que se escribió. Los autores bíblicos no fueron totalmente independientes unos de otros sino que la Biblia era el libro de vida del pueblo de Israel, constantemente vivido, leído y meditado. La Sagrada Escritura, se divide en Antiguo y Nuevo Testamento. En realidad, los hombres que ocupaban Palestina hace dos mil años, los que constituían, si no toda la población, por lo menos la mayor parte, tenían la convicción de que no estaban ahí por casualidad, de que su presencia en esos lugares tenía una significación providencial, que el mismo Dios los había fijado ahí. Ese es un hecho primordial, una idea sin la cual no se comprende nada de la historia, de la espiritualidad, y ni siquiera la propia vida cotidiana del pueblo de Israel.

La historia de la salvación comienza con el llamado por parte de Dios de un hombre llamado Abram, que era habitante de Ur, en Sinear, capital local del bajo Eufates. Dios le ordenó: "Salte de tu tierra, (con) tu parentela. De la casa de tu padre. Para la tierra que yo te indicaré. Yo te haré un gran pueblo. Te bendeciré y engrandeceré tu nombre. Que será una bendición, y bendeciré a los que te bendigan". Abram obedeció. Y partió a lo largo de senderos, con su familia y sus animales obedeciendo lo que el Señor le había ordenado. Abram recibió varias veces las moniciones de Dios y sus promesas. Aquella tierra por la que en el presente erraba, sería su herencia, su posteridad la poseería. Como prenda de ese porvenir se le cambió el nombre, Abram, por Abraham, "padre de las multitudes". Tal era el punto de partida de la Alianza entre el Todopoderoso y sus servidores. Sin embargo, aunque la Alianza fue establecida de una vez para siempre, las condiciones de su aplicación cambiaron en el curso de los siglos: se profundizaron y agravaron. Al principio, durante la era de los Patriarcas, las condiciones de la Alianza eran sumamente simples. Para ser fiel bastaba con creer en el Dios único, aquel que se designaba con el vocablo El, o mejor aún, con un extraño plural que se utilizaba como singular, Elohim. Una segunda etapa se franqueó cinco o seis siglos después de Abraham, cuando se produjo el acontecimiento prodigioso en que el Pueblo elegido veía, legítimamente, una de las demostraciones más brillantes de la Alianza: el Éxodo. Así, como lo expresa Daniel – Rops, Moisés conduce al pueblo para llevarlos a la Tierra Prometida y la Alianza no sólo es renovada sino precisada. Dios había dado una nueva prueba a los suyos revelándoles su nombre inefable, señal de su omnipotencia, Yahvé, "El que es". En cambio, impuso a su pueblo preceptos, las famosas "leyes", el Decálogo. Esa Alianza así confirmada y precisada permitió a las tribus apoderarse del país de Canán, en los tiempos de Josué y de los Jueces.

También fue ella la que estableció en gloria al rey David y a su dinastía. Sin embargo, a pesar de tantas pruebas como Dios daba de su infinita bondad, el Pueblo elegido transgredió muchas veces la Alianza, cedió a las tentaciones de la idolatría, practicó las costumbres de los paganos, y las vehementes voces de los grandes inspirados – como Amós, Oseas y tantos otros -, en nombre de Yahvé, se lo reprocharon. Un terrible castigo cayó sobre la nación infiel: la deportación a Babilonia, el Exilio. Pero como su misericordia es superior a su justicia, Yahvé permitió que ese castigo tuviese fin, y que los exiliados retornaran a la tierra bendita entre todas. Pero esa prueba había sido fecunda. Gracias a ella, el pueblo elegido superó una tercera etapa en la ascensión espiritual.

A la luz de los sufrimientos, los profetas – y sobre todo los más grandes, los Isaías, los Ezequiel, los Jeremías – mostraron a sus hermanos que todo lo que viene de Dios es adorable y trabaja en el perfeccionamiento del hombre. Ya lo había dicho el viejo Amós en su quinto capítulo: lo que Dios ama no son los sacrificios sino la buena conducta, la caridad, la justicia y la bondad.

La Alianza tomaba un sentido más profundo todavía, llegaba a ser la base de una religión más interior, más espiritual. La misión con que el pueblo se había investido ya no era sólo afirmar la unicidad de Dios y proclamar sus Mandamientos, sino enseñar al hombre a llegar a lo divino por el esfuerzo interior, la purificación moral, el impulso del alma. Así, la vid, va a permitirle al pueblo judío expresar las relaciones con un Dios trascendente que Israel reencuentra a todo lo largo de su historia.

En Israel conviene comprender el sentido de los símbolos religiosos, partiendo de un análisis histórico – cultural. Y, dentro de este contexto, es como aparece el simbolismo de la vid, como lo expresara Michel Meslin, profesor de historia comparada de las religiones de la Universidad de París, que es tradicional en Israel desde la época de los profetas, se enraíza en una larga experiencia humana, hecha de un doble conocimiento de técnicas agrícolas particulares y de una historia nacional. La vid ha sido siempre considerada como uno de los tres árboles tipo del Mediterráneo oriental, con el olivo y la higuera (Jueces,9).

De hecho ella crece espontáneamente en toda Asia occidental templada. Los textos y los testimonios arqueológicos atestiguan su presencia, muy antigua en Asiria, en Egipto y en Palestina. Planta salvaje, liana vigorosa que con la ayuda de zarzillos, puede trepar sobre los árboles para alcanzar las zonas altas desprovistas de sombra, y fructificar,"su sombra conoce las montañas y sus pámpanos los cedros de Dios" (Salmo 8,11). Su vigor es tal que necesita contener la potencia por medio de una poda severa. En un texto célebre sobre el año sabático, la vid no podada es llamada "názir", por analogía con el hombre cuya cabellera, como consecuencia de un voto, no puede ser cortada. (Lev.25,5).

Esta poda severa es indispensable para la fructificación, única razón de ser de una vid cultivada: los frutos de los vástagos salvajes, las uvas de las cepas no podadas no deben ser vendimiadas. "No segarás los rebrotes de la última siega, ni vendimiarás los racimos de tu viña sin podar. Será un año de descanso completo para la tierra" .(Levítico:25,5) "Este año cincuenta será para vosotros un jubileo; no sembraréis, ni segaréis los rebrotes, ni vendimiaréis la viña que ha quedado sin podar.....". (Levítico:25,11).

El despedrado, el escardado, la poda de la vid, como tantas etapas necesarias y comparables a aquellas de una educación que debe hacerse a un ser "natural", un hombre civilizado. Pero tal cultura supone un vínculo con el terruño ancestral. Como la vid es fuente de riqueza y placer, debe ser puesta al abrigo del pillaje. El episodio de la viña de Nabot es muy revelador: "Después de estos sucesos ocurrió que Nabot, de Yizreel, tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaría, y Ajab habló a Nabot diciendo:"Dame tu viña para que me sirva de huerto para hortalizas, pues está pegando a mi casa, y yo te daré por ella una viña mejor que ésta, o si parece bien a tus ojos te daré su precio en dinero". Respondió Nabot a Ajab: "Líbreme Yahvéh de darte la herencia de mis padres". (I Reyes,21). Contra la envidia real, Nabot, defiende hasta la muerte su derecho a conservarla y gozar de su viñedo, herencia de su padre, su asesinato traerá la maldición lanzada por Elías sobre el rey Achab, y la ruina de su casa. Se comprende así, que una legislación minuciosa haya sido elaborada, fijando los límites de este derecho de propiedad sobre el viñedo, como se lee en: "Si entras en la viña de tu prójimo, podrás comer todas las uvas que quieras, hasta saciarte, pero no las meterás en tu zurrón".(Deuteronomio:23,25) "Cuando vendimies tu viña, no harás rebusco. Lo que quede será para el forastero, el huérfano y la viuda". (Deuteronomio:24,21). "Si uno causa daño en un campo o en una viña, dejando suelto su ganado de modo que pazca en campo ajeno, restituirá con lo mejor de su propio campo y lo mejor de su propia viña". (Éxodo:22,4).

Las vendimias son naturalmente ocasión de muy antiguas fiestas cuya intención religiosa es rendir homenaje a los dioses locales de la fecundidad (Jueces,27). Riqueza y goce, tales son los dones de la vid. La sabiduría popular sabe bien que, para designar una vida pacífica, idílica, en su feliz rusticidad, retiene la expresión "estar sentado bajo la vid y su higuera" (I Reyes 5,5). Es entonces en estas realidades naturales y vitícolas que enraíza el simbolismo religioso de la vid, como consecuencia de su inserción en la historia del pueblo elegido, como signos del cuidado de Yahvé por este pueblo calificado de "viña del Señor", del cual se extiende "las raíces hasta el abismo y las ramas hasta los cielos". No es por azar que la vid aparece en la Biblia después del relato del Diluvio; "Noé el cultivador, comienza a plantar la vid" (Génesis 9,20).

La tradición Yahvista hace entonces de la vid uno de los frutos de la restauración del orden cósmico y de la fecundidad natural, uno de los signos, con el arco iris, de la nueva Alianza entre Dios y los hombres. Don de la segunda creación, la vid y el goce que ella procura son expresión de ese vínculo.

Durante la vida en el desierto, durante el Éxodo, la vid no cesa de ser un bien ardientemente deseado por todo el pueblo hebreo. Ella es, a sus ojos, el verdadero símbolo de la Tierra Prometida, no aún alcanzada. Decepcionados, dudando muchas veces de su conductor, los israelitas murmuran, se rebelan porque Moisés no les ha concedido "la vid en herencia" y porque "en ese desierto siniestro no hay ni higueras, ni viñas, ni granados" (Números:16,14;20,5). Su primer contacto con esa Tierra Prometida "de trigo, cebada, viñas e higueras", está descripto por los exploradores de Canaán, que con toda admiración relatan: "Llegaron al Valle de Eskol y cortaron allí un sarmiento con un racimo de uva, que transportaron con una pértiga entre dos, y también granadas e higos. Al lugar aquél se le llamó Valle de Eskol, por el racimo que cortaron allí los hijos de Israel". (Números:13,23-24).

Este racimo maravilloso se convierte en el signo tangible que Yahvé ofrece de su promesa. Lo mismo que después del Diluvio la vid aparece como un don de Dios, lo mismo que la posesión de esta Tierra Prometida y sus frutos constituye la marca de una Alianza renovada. Es decir que ella se encuentra ligada a la fidelidad de Israel a quien su Dios precisa: "....casas llenas de toda clase de bienes, que tu no llenaste, cisternas excavadas que tú no excavaste, viñedos y olivares que tu no plantaste, cuando hayas comido y te hayas saciado, cuida de no olvidarte de Yahvéh que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre" (Deuteronomio:6,11-12). En la fecundidad de este terruño que le ha sido dado, Israel recibe la recompensa de su fidelidad. Pero Dios advierte las condiciones: toda infidelidad significará un cambio "Plantarás una viña, y no podrás disfrutar de ella" (Deuteronomio 28,30). Bendición y maldición responden así, a eventuales y futuros cambios de actitud de los hombres.

Cuando luego los Profetas refrescan la memoria del pueblo elegido, procuran volver sobre la fidelidad a la Alianza, meditan sobre el símbolo de la vid. Sus obras describen una verdadera tragedia en tres actos, donde se manifiesta un estrecho paralelismo entre las fases de la viticultura y la historia de las relaciones de Israel con su Dios. La vid, es la elección de Israel por Yahvé; la esterilidad corresponde a las infidelidades del pueblo hebreo; la destrucción de la vid es el castigo merecido por este pueblo. Luego, tanto Isaías 5,1-7, como Jeremías 2,21, no hacen más que seguir el esquema trágico: plantación, bastardeo y destrucción de la viña significan: la elección, las infidelidades y la condenación de Israel.

Ezequiel, al referirse a la catástrofe del exilio, realiza un paralelismo con la imagen de la viña destruida: es Yahvé que ha arrojado al fuego la madera de la vid, sus frutos han sido desecados por el viento del este; la viña es ahora transplantada al desierto, al país de la aridez y de la sed (19,12-13). En adelante "el vino nuevo está de duelo y la viña languidece, y todos los corazones gozosos gimen". "El mosto estaba triste, la viña mustia; se trocaron en suspiros todas las alegrías del corazón" (Isaías- Apocalipsis 24,7). Nuevamente aquí, la viña se ha convertido en el símbolo de la Tierra Prometida, lo mismo que en el cautiverio de Babilonia, su imagen se encuentra aligerada de nuevos valores escatológicos, como lo expresara Michel Meslin, la viña restaurada es el símbolo del Nuevo Israel.

En el capítulo 5 de Isaías aparecen nuevos valores simbólicos del "kerem". En adelante Yahvé es el único guardián de la viña, la protege y la defiende de espinas y abrojos. En lo sucesivo sólo Dios será su refugio. Ya el fundamento de la existencia del pueblo no será ni el territorio nacional, ni la independencia política, sino la observancia de la Ley. Esta dependencia de la viña a Dios, su único refugio es asimismo la dependencia de Israel a su Dios. También durante la destrucción del templo y la Diáspora, hay un paralelismo entre la vida de la vid y los hombres. Así, al borde de la era cristiana, se expresa aún por la imagen simbólica de la vid, toda la esperanza mesiánica del judaísmo. Desde el día donde Noé había implantado la vid, Israel ha visto siempre en este don de Dios, el signo de su prosperidad material, de su felicidad y la marca de su elección. Pero, planta elegida por Dios no ha respondido siempre a la espera del Dueño de la vid: "kerem" es también el símbolo de la decepción de Yahvé. En su espera mesiánica de la restauración del pueblo de Israel podrá reconocerse este don de la verdadera vid, este Mesías entre nosotros.

Todo adquiere verdadero significado en los textos del Nuevo Testamento y particularmente en el capítulo 15 del Evangelio de San Juan: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que de más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y así seréis mis discípulos. Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado".

Fuentes: Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwe, Barcelona, 1971. L' imaginaire du vin. Editions Jeanne Laffitte. Marseille 1989. (centre de Recherches sur L' image et Le symbole Faculté des Lettres de Dijon. Daniel – Rops "La vida cotidiana en Palestina en Tiempos de Jesús", Hachette, Bs, As, 1961. Meslin Michel "El simbolismo de la vid en el antiguo Israel y el Judaismo antiguo. Universidad de París. En: "L’ imaginaire du vin. Centre de Recherches sur l’ image et le symbole. Faculté des Lettres de Dijon, Editions Jeanne Laffitte, Marseille, 1989.